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La vida no es tan corta como para no tener una segunda oportunidad

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A lo largo de nuestra vida, según avanzamos en edad, se producen cambios tantos cuantitativos como cualitativos que nos van convirtiendo en personas adultas. Pasamos por diversos sucesos evolutivos que van desde las primeras acampadas, primer enamoramiento, primeras rupturas, el inicio de una carrera,  primer empleo, en la adolescencia y juventud. A lo largo de nuestra   edad mediana consolidamos el matrimonio, la maternidad/paternidad, la estructuración de la vida laboral y consolidación económica, y como mayores-jóvenes y mayores-mayores llegamos a la  jubilación, “nido vacío” y ser abuelo.

Pero a lo largo de este ciclo vital existen un alto porcentaje de personas, llegadas a la mediana edad, que sufre una ruptura en este continuo,  debido a la situación económica actual se produce un resquebrajamiento de la consolidación económica y por otro lado se producen rupturas en las parejas y matrimonios.

Y es entonces en este momento de nuestra edad mediana, en la que podemos hablar de 35 hasta los 60 años aproximadamente, en la que nos encontramos con todo un mundo  que desconocíamos hasta el momento.

El maravilloso mundo de los divorciad@s, separad@s, y solter@s de larga duración. Que lejos de ser un fracaso en la vida como muchos lo ven, puede convertirnos en personas afortunadas en los que la vida nos da una segunda, tercera o cuarta oportunidad.

Cuando llega este momento en nuestra vida, nos damos cuenta que lejos de nuestro contexto social normalizado, nos encontramos con un colectivo de personas de las que hasta ahora no nos habíamos percatado, y que parece que salieran de debajo de las piedras.

Descubrimos solterones con Síndrome de Peter Pan, separados que llevaban un cuarto de siglo con su pareja, esperando que llegara el momento que nunca llegó y que decir de los divorciados que son los que con mayor ansia viven esta etapa, para recuperar a la menor brevedad posible su antiguo estatus.

Curiosamente todos van a  dar al mismo lugar, buscamos lugares de encuentro en los que nos sentimos bien porque coincidimos en edad, lugares de ocio identificados y conocidos precisamente por  el rango de edad de las personas que lo frecuentan,  y con un objetivo común, buscar otra oportunidad de completar nuestro ciclo vital.

Existe un pequeño desajuste, en las edades que comprenden los extremos.

Porque los que tienen entre 35-40 años, que ya empiezan a sentir los estragos de la edad en su rostro les cuesta reconocerlo, les cuesta verse en el reflejo de esas personas que con 50 años no saben exactamente cómo moverse al ritmo de los nuevos gustos musicales, sabiendo que la edad juega en su contra y los de 55-60 años, que se preguntan al final de la noche, Qué hago aquí.

Y es en este contexto dónde nos encontramos con una prueba de fuego para romper nuestros prejuicios y estereotipos, para empezar a vivir una etapa en nuestra vida que debemos tomarla con ilusión y sin frustraciones, reconociendo que  independientemente de nuestra edad y responsabilidades podemos volver a esa etapa añorada de la adolescencia y juventud, porque

la vida no es tan corta como para no  tener una segunda oportunidad.

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